Caperucita Roja

(parte 1)

No había en aquellos contornos niña más graciosa y juguetona que Caperucita Roja. La llamaban así por la caperuza con que protegía su cabeza, del mismo color encarnado que el resto de la capa.

- ¡Caperucita! ¡Caperucita!

- ¡Voy enseguida, mamá!

- contestó sorprendida. ¿Para qué la querría a media mañana?

Mira, Caperucita - dijo su madre - . La abuelita está enferma y no puede levantarse, así que toma esta cesta de comida y llévasela.

- ¿Qué tiene? Preguntó la niña.

- Muchas cosas, hija. Ya es mayor y le sobran achaques.

    
- ¿Puedo quedarme un ratito con ella? - rogó Caperucita.

     - Está bien, pero no te entretengas demasiado; quiero que estés de vuelta antes del anochecer.

     - Descuida, mamá - repuso la niña alegre.

     - ¡Ah!, cruza el bosque lo más deprisa que puedas. Si tropiezas con el lobo, avisa a los leñadores; ellos sabrán ahuyentarle.

     - ¿Es que hace algo malo? - Se extrañó Caperucita, acostumbrada a ser amiga de todos los animalitos.

     - Si hija. Se come a los niños pequeños cuando tiene hambre.

     Caperucita movió la cabeza, como dudando. No acababa de creerse el cuento. ¡En fin!, su madre sabría lo que se decía. Echando mano de la cesta, ciñó sus hombros con la capa, tapó sus cabellos rubios con la caperuza, y , tras despedirse cariñosamente, penetró en el bosque.     

      - ¡La, la, ra, la, ra...! - iba ella cantando, jubilosa. De trecho en trecho, se detenia a jugar con sus amigos los conejos, atenta siempre a cuantas bellezas la rodeaban.

     - ¿Dónde vas, Caperucita? - saludaban los leñadores.

     - ¡Acasa de mi abuelita!

     - ¡Pues ojo con el lobo!

    - ¡Vale! - decía ella, para tranquilizarles.

    Una sombra se deslizó tras los matorrales, en su dirección. Sabiendo que se trataba del lobo, la niña empezó a juntar un ramillete de flores para su abuelita, mientras vigilaba al intruso con el rabillo del ojo.  

 "A ver si es tan feroz como dicen" - pensó Caperucita según se acercaba el animal.

    "Mm...!. ¡Qué tiernecita debe estar!" - se relamía, entretanto, el lobo, al imaginar el banquete que el aguardaba.

    De un salto, se plantó ante Caperucita, y provocó la estampida de los conejos. La niña, sin inmutarse, sonrió dulcemente, y le dijo:

    - Hola, te esperaba.

    ¿No te asustas al verme? - preguntó el lobo, confuso.

    - ¡Qué va! Te pones tan serio que me das risa.

    - ¡Pues todo bicho viviente tiembla en mi presencia!

    - ¡Ah, si! ¿Por qué?

    - Por que de un bocado puedo comerme enterita a una niña como tú.

    - Eso diden mi madre y los leñadores, pero creo que exageran - opinó Caperucita, tan campante.

    - ¡Esto es el colmo! - exclamo el lobo, pasmado.

 


    - Adiós, tengo prisa - abrevió la niña, poniéndose en pie.

    - ¡Un momento! ¡Tú no te vas de aquí!

    - Comprendelo, mi abuelita está en la cama, y necesita que la ayude - explicó Caperucita, mientras cogía de nuevo la cesta.

    Esta última respuesta interesó al lobo. ¿Su abuelita? Tambien podría zamparsela a ella y, además, en su propia casa, sin testigos indiscretos. Rápidamente fraguó un plan muy ingenioso, y permitió que Caperucita se marchase.

    - ¡Claro que lo entiendo, niñita querida! - repuso muy ladino-. Puedes irte cuando quieras. ¿Quién soy yo para impedírtelo?

    - Sabía que no eras tan malo como la gente opina. ¡Hasta la vista! - se despidió Caperucita, gratamente sorprendida.

 

caperucita roja

   Apenas se vio solo, el lobo se dirigó a todo correr, por un atajo misterioso, a casa de la abuela de Caperucita. La niña, entretanto, siguió su camino tranquilamente, de nuevo escoltada por los animalitos del bosque.

    "je, je, je! ¡Menudo atracón me voy a dar con las dos - pensaba el lobo, con gesto maligno-. La abuela estará ya algo pasadita, pero no me importa. La echaré al coleto como está mandado".

    

 

        En menos que canta un gallo, se presentó el lobo ante la cabaña donde vivía la anciana. Tras un leve respiro alzó su pata derecha, y llamó a la puerta varias veces.

    ¡Toc, toc, toc!

   ¿Quién es? - preguntó la abuelita, desde la cama.

    - Soy yo, Caperucita - fingió el lobo, imitando torpemente la voz de la niña - Abre, que te traigo una cesta de comida.

    La enferma guardó silencio, extrañada de aquella voz tan ronca; su nieta no hablaba así. Recelando algo, se levantó sin hacer ruido y fue a mirar por la ventana. ¡Cual no sería su sorpresa al descubrir al lobo!

   

Aturdida por el miedo, corrió a refugiarse en la caja de su reloj de péndulo.

    - ¡Qué apuro tan grande, Dios mío! - pensó la pobre.

    El lobo, impaciente por el mutismo de la abuela, volvió a la carga:

    - ¿A qué esperas para abrirme, abuelita? ¡Estoy cansada y quiero verte!

    Nada, ni un murmullo ahí dentro. Oliendose la tostada, empujó la puerta suavemente, y ésta se abrió con un molesto chirrido. ¡La anciana, en su confusión, habia olvidado echar el cerrojo!

    

segunda parte de caperucita roja