- ¡Hombre, aquí está su cofia! ¡Me vendrá que ni pintada! - exclamó, al hallar dicha prenda tirada en el suelo, justo enfrente del reloj.
Con mucho cuidado, se la encasquetó encima de las orejas, hasta lograr taparse completamente la cabeza. Luego, se metio en la cama, tiró del borde de las sábanas hasta la altura de los ojos, y esperó el instante soñado.
Al poco rato, se oyeron golpes en la puerta:
¡Toc, toc, toc!
- ¡Quién anda ahí? - preguntó el lobo, imitando esta vez a la anciana.
- ¿Puedo entrar, abuelita? ¡Soy Caperucita!
- ¡Pasa, hija pasa! - invitó el fiero animal, con la boca hecha agua.
- ¿Cómo te sientes? - se interesó la niña, ya junto a la cabecera de la cama.
- ¡Ay, muy mal, niñita mía, muy mal!
Tampoco tuvo éxito el lobo en esta ocasión, porque Caperucita frunció el ceño, inclinó su rostro en la penumbra del cuarto, y estudió con atención a "la enferma".
-¡Tu voz suena muy rara abuelita! ¡No sé como decirte...!
- Es el catarro, hija, que me ataca a la garganta, y hace que hable así - explicó el lobo, tosiendo a continuación.
- ¡Pero yo la he oído en otra parte!
- Tú dirás dónde, bonita.
- ¡Te brillan mucho los ojos, abuelita! - exclamó Caperucita, asustada por aquellas enormes pupilas que destacaban sobre la almohada.
- Será por la fiebre - gimió el lobo.
- ¡Y se han vuelto grandísimos!
- Así puedo verte mejor, Caperucita.
- ¡Pero es que tus manos se han puesto negrísimas, y muy feas! - se alarmó ella, al advertir las dos patas superiores del lobo que sobresalian de las sábanas.
- Para acariciarte mejor, niñita.
- Y tu boca, abuelita....! - balbuceó la niña, espantada.
- ¿Qué le pasa a mi boca? - se molestó el lobo.
- ¡Es descomunal... y tiene dientes afiladísimos! -. Por un descuido, el lobo se había destapado un poco, dejando ver su reluciente dentadura.
- ¡Porque los necesio para comerte mejooor! - rugió el lobo, desmelenado, mientras se abalanzaba sobre ella libre ya de todo disfraz.