Erase una vez un hombre que tenía dos hijos: Alejandro y Juan. El mayor, Alejandro, era listo y prudente. Sin embargo, Juan, el pequeño, era bastante tonto y no se enteraba de nada.

      Un día, el padre llamó a su hijo pequeño para hablar con él.

      "Juan _le dijo_, has crecido y te has convertido en un chico alto y fuerte. Pronto tendrás que aprender a vivir por tu cuenta y arreglártelas solo. ¡Mira cómo trabaja tu hermano! Y tú, mientras tanto, te pasas todo el día corriendo y saltando, jugando con tu perro, sin hacer nada útil."

      "Bueno, padre _contestó Juan_, yo creo que estoy bastante preparado para vivir por mi cuenta, pero primero me gustaría aprender lo que es el miedo."

 

Y es que Juan, aunque parezca increíble no había sentido miedo en toda su vida.

Alejandro, al contrario que Juan, era muy cobarde. Si su padre le mandaba ir a algún lugar después de oscurecer, sobre todo cuando tenía que pasar por el camino que atravesaba el cementerio, Alejandro decía:

      "¡Oh, no, padre! No puedo ir. Temblaré de miedo si tengo que pasar por allí."

      Alejandro se imaginaba que miles de horribles monstruos le miraban y perseguían en la oscuridad.

      Algunas veces, cuando se sentaban alrededor de la chimenea y se contaban historias de miedo, Alejandro, asustado, suplicaba:

      "¡Por favor, no sigáis! Hacéis que todo mi cuerpo tiemble de miedo."

      Juan miraba a su hermano con los ojos muy abiertos y decía:

      "Yo no sé lo que quiere decir temblar de miedo. Tiene que ser divertido eso de temblar  y tener miedo."

      Un día, le dijeron a Juan que no muy lejos de allí había un castillo encantado y que seguramente aprendería a tener miedo si conseguía quedarse en él.

      El Rey de aquel país había prometido conceder la mano de su hija a aquel que fuera capaz de dormir en el castillo durante tres noches seguidas.

      En aquel castillo encantado había muchos tesoros, pero estaban vigilados por fantasmas, monstruos, dragones, duendes y todas las criaturas más horribles que se puedan imaginar.

      Juan no se asustó al oír estas historias, al contrario, decidió partir aquel mismo día. Habló con el Rey y le dijo que pasaría tres noches enteras en el castillo encantado. Juan se puso en camino.

      Cuando llegó la noche, Juan entró en una de las habitaciones del castillo y se puso a cenar tranquilamente, acompañado de su perro. "¿Cuándo aprenderé a tener miedo?", se decía.

      A media noche, Juan escuchó unos lamentos. "¿Quién será el tonto que está ahí fuera con el frío que hace?", se preguntó.

      "Entra y siéntate a cenar conmigo", dijo Juan. Y quien entró en la habitación fue un enorme dragón. Aunque Juan se dio cuenta de que aquel dragón no tenía muy buenas intenciones, siguió cenando tranquilamente sin asustarse. Aprovechando un momento en el que el dragón estaba distraído, le dio un garrotazo y lo tiró por la ventana.

      La segunda noche, Juan encontró una cama en una de las habitaciones. "Esta noche dormiré mucho mejor", pensó. Y se acostó muy tranquilo. Al poco tiempo, la cama empezó a moverse y a volar por toda la habitación. Tampoco esta vez se asustó Juan. Esperó a que la cama se cansara de volar. Cuando la cama volvió al suelo, Juan se fue a dormir cerca de la chimenea.

      "Es la segunda noche que paso aquí y sigo sin saber lo que es el miedo", se decía Juan.

      Llegó la tercera noche y Juan se preparó la cama otra vez cerca de la chimenea. Cuando casi se había dormido, empezó a escuchar el sonido de unas cadenas arrastrándose.

      "Está visto que aquí no hay quien duerma tranquilo", dijo Juan levantándose. Cuando se dio la vuelta, vio que la habitación estaba llena de fantasmas. "¡Fuera de aquí horribles criaturas!", gritó Juan. Y se puso a perseguir a los fantasmas por toda la habitación hasta que los espantó.

      Como ya habían pasado las tres noches, Juan se fue del castillo encantado y se puso en camino para ver al Rey.

      "¿Has aprendido ya a tener miedo?", le preguntó el Rey a Juan.

      "No, Majestad", contestó Juan. "En aquel castillo no había nada que me hiciera temblar."

      Como Juan había conseguido pasar las tres noches enteras en el castillo, librándolo así del encantamiento, le dio la mano de su hija y, pocos días después, se celebró una gran boda.

Pero Juan continuaba estando triste. "¿Cuándo aprenderé lo que es el miedo?", seguía preguntándose. La princesa decidió ayudar a Juan. Un día llenó un cubo de agua con diminutos peces. Cuando Juan estaba durmiendo, la princesa le arrojó le cubo lleno de peces encima. Juan se despertó asustado.

      "Querida esposa _dijo Juan_, ¡al fin he aprendido lo que es temblar de miedo! Ya no estaré triste nunca más"

      Y a partir de aquel día, Juan y su esposa pudieron vivir felices.

FIN